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JOSÉ WATANABE, POETA DE LA GUARDA

El poeta que salvó una vida

Publicado: 2014-09-29

- Hay que sacarlo, dijo el doctor.  

Yo miraba el humo azul que desprendía su cigarro, formando caprichosas figuras en su camino al techo. Sacarlo, expulsarlo, como ese humo. Se refería a mi hijo de seis meses que crecía confiadamente en el vientre de su madre. El doctor era chino y fumaba dentro de su propio y pequeño consultorio del Barrio Chino. Allí nos apiñábamos mi suegra, su familia y yo.

Hay que sacarlo ya, repitió y aplastó hasta la muerte a su pucho en el cenicero. Si hay una fisura por la que se está perdiendo líquido amniótico, puede haber infección, y si hay infección, igual habrá que extraer al feto, incluso al útero y hasta se podría perder a la madre. Si lo extraemos ahora, luego podrás tener todos los hijos que quieras. Tú elijes, la madre o el niño.

Todos me miraron. El ginecólogo oficial había mandado a la madre a la cama de una clínica a esperar y observar, pero mi familia política, que era china, quería otra opinión. Así que aquí estábamos. Y mientras la madre y el bebé que llevaba dentro eran felices en su ignorancia, yo descendía al infierno de elegir quién de los dos debía vivir.

En la noche, sólo con mi angustia, consulté con varios amigos y doctores y nadie sabía qué aconsejarme. Entonces se me ocurrió llamar a mi amigo y poeta José Watanabe. El y su pata del alma, Lorenzo Osores, estaban en mi casa tomando unos vinos justo la noche de la fisura. Cuando les dije “fin de la juerga”, estaban demasiado alegres como para hacerme caso así que la siguieron sin mí hasta la última botella. Y luego, pusieron todo en el lavadero y se fueron silenciosamente. Wata, tras escucharme, sólo dijo: llámame en diez minutos. Diez minutos después, me había sacado una cita con un amigo suyo, un sabio, una eminencia, ginecólogo especialista en embarazos riesgosos y en neonatología. Me esperaba en el Ministerio de Salud mañana a las 8 de la mañana. 

Al día siguiente cruzaba un salón lleno de escritorios al final del cual me esperaba él. Cabello blanco, lentes gruesos, y bata de doctor. No recuerdo su nombre, pero se parecía a Cary Grant. Me escuchó, movió la cabeza cuando le dije que habían recomendado sacar al feto y dijo: ¡Es una barbaridad!, pero tienes estas opciones. Sacó un papel y escribió: 2-1=1, es la que te han recomendado; 2-2=0 es la que te angustia; 2-0=2, es la que te propongo yo. Hay riesgo, pero si la madre está igual que ayer, hay que tratar de que mañana esté igual que hoy. La primera opción es cuidar la vida, siempre.

Me fui repitiendo este mantra todo el camino a la clínica. Nadie de la familia me preguntó nada. Yo ya tenía mi decisión tomada y Watanabe me ayudaba a sostenerla día tras días. Tres meses después, nació Alonso. Fuerte, sano, lleno de vida.

Hay un poema de Watanabe que se llama “El guardián del hielo”. Le encargan a un muchacho cuidar el hielo, pero el sol lo va derritiendo inevitablemente. El muchacho entonces saca una conclusión: “No se puede amar lo que tan rápido fuga. Ama rápido, me dijo el sol”. Me gusta pensar que al cuidar la vida de mi hijo, Watanabe estaba ejerciendo su papel de guardián de la vida. Ahora que él ya no está, yo soy el guardián del hielo. Y algún día lo serás tú, Alonso.


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Terco Corazón

En cada latido hay una historia. En cada historia, una revelación.